29 de Diciembre de 2008 COCINEROS – ESTRELLA, CHEFS ESTRELLADOSJosé Carlos Capel

 
No ha sido un ejercicio apacible en avatares gastronómicos. En España se han celebrado 6 congresos de cocina mientras los restaurantes de alta gama han terminado congelando los precios o implantando menús de rebajas. El año concluye con el auge de los bares regentados por cocineros de prestigio (gastrobares) en un intento de la alta cocina por bajar a la calle.
A principios de enero, cuando la vanguardia culinaria todavía vibraba bajo la euforia creativa de la última década, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), declaraba 2008 “Año Internacional de la Patata”, programa sin transcendencia culinaria.
Superior revuelo provocó la iniciativa del presidente Sarkozy en su empeño por lograr que la cocina francesa se reconozca “patrimonio cultural inmaterial de la humanidad” (PCIH). Candidatura que presentó el 23 de febrero en el Salón de la Agricultura de París, en un gesto de chauvinismo destinado a compensar la pérdida de liderazgo del país vecino en el ámbito de la alta cocina.
El 21 de abril nuevo éxito para España. En el Covent Garden de Londres la revista inglesa Restaurant desvelaba la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo. Por tercer año consecutivo elBulli se alzaba con el primer puesto; Mugaritz cuarto y Arzak octavo. Tres españoles entre los diez primeros según un jurado compuesto por más de 600 expertos en cuyo listado también figuraban los restaurantes “El Celler de Can Roca”, Martín Berasategui, Can Fabes y Etxebarri.
Euforia generalizada hasta que el 13 de mayo, en la sede madrileña de Editorial Planeta, en la presentación del libro “La Cocina al Desnudo”, Santamaría lanza unas explosivas acusaciones contra “el uso abusivo de gelificantes y emulsionantes en la alta cocina” y por ende contra su colega Ferran Adrià, responsable de legitimar estos aditivos.
Para regocijo del denunciante la polémica saltó a la calle. A la par que los medios agigantaban un inexistente debate entre cocina tradicional y contemporánea, la mayoría de los periodistas especializados tildaban su comportamiento de estallido de envidia. Tampoco tardaron mucho los 800 chefs de Eurotoques en acusarle de suscitar una falsa alarma.
Fuera de España el daño se disparaba. Algunos rotativos (Le Monde, The Daily Telegraph) publicaron frases contundentes: “Ferran Adrià acusado de envenenar a sus comensales”. Alentado por el revuelo Santamaría se erigió en el ideólogo de una causa perdida. Ni la Agencia de Seguridad Alimentaria española ni el Ministerio de Sanidad refrendaron sus acusaciones. Se trataba de ingredientes inocuos -- afirmaron varios profesionales y científicos -- de uso habitual en la pastelería artesana desde hace 50 años. En plena polémica un ribete de sarcasmo. El 28 de mayo, El Periódico de Barcelona publica una receta de Santamaría demostrando que él mismo había utilizado uno de los ingredientes que censuraba.
Con el cotarro alterado saltaría otro culebrón pintoresco. El 12 de junio después de una cena en elBulli, el fingido gastrónomo suizo Pascal Henry, profesional de la mensajería, fugado sin abonar la factura, desaparece misteriosamente. Un caradura que pretendía visitar en un mes 68 restaurantes triestrellados en todo el mundo.
El 1 de julio, a despecho de recientes zancadillas, la cocina española volvía a cosechar nuevos éxitos. Ferran Adrià era nombrado “Doctor Honoris Causa” por la Universidad escocesa de Aberdeen en el área de Humanidades. En la relación de atributos se comparaba su trabajo al de Miró, Buñuel y Picasso.
Y ya en noviembre importantes acontecimientos. Del 4 al 6 de ese mes 24 cocineros españoles desembarcaba en Sao Paulo (Brasil), en un gran congreso: “España-Brasil: la última frontera de la gastronomía” 
Por su parte José Andrés, el gran referente de la cocina española en Estados Unidos, que bajo los auspicios del ICEX había venido presentando un programa televisivo de cocina “Made in Spain”, refrendaba su éxito con una segunda producción: “Spain...On the Road Again”, de la mano del italiano Mario Batali y la actriz Gwyneth Paltrow.
 
En pleno otoño los acontecimientos no daban tregua. El 18 se presentaba la guía Michelín 2009 España & Portugal, cuyas mezquinas calificaciones volvieron a suscitar crispaciones. Un día después, la Academia Española de Gastronomía recibía el antetítulo de Real por concesión de la Casa Real Española.
Así hasta el 11 de Diciembre, en que Adrià conquista Harvard tras firmar dos acuerdos históricos. Por un lado la Universidad americana quedaba vinculada a la creatividad de elBulli. Al mismo tiempo el centro de Cambridge (Massachussets) mantendrá una cooperación con la Fundación Alicia, institución impulsada por el chef español para incentivar los diálogos entre ciencia y cocina.
¿Alguien supone que en 2008 nos ha faltado sentido del humor para afrontar controversias? En absoluto. Para sonreír, el reciente comic “Los Bajos de la Alta Cocina”, viñetas sarcásticas impulsadas por Andoni Aduriz que conmemoran el décimo aniversario del restaurante Mugaritz.
 
Publicado en El País, 28 diciembre de 2008


 
15 de Diciembre de 2008 CENAR CON VODKAMiguel Ángel Rincón

 
Estamos acostumbrados a pensar que sólo el vino -y quizá la cerveza- pueden acompañar a una buena cena. Pero hay otros mundos por explorar, aunque sólo sea por conocer nuevas sensaciones. Un buen vodka en la mesa puede depararnos sorpresas muy agradables.
 
Voy a contar una batallita. Hace ya unos cuantos años, un antiguo jefe me llevó a comer por primera vez a Viridiana, uno de los restaurantes más impresionantes que he visitado nunca. Para quien lo conozca, poco tengo que añadir, para quien no haya tenido todavía la suerte de sentarse en una de sus mesas, diré que es el establecimiento que dirige, piensa y siente Abraham García, un cocinero con todas las letras, las de la propia palabra y las del abecedario, que le sirven para componer unos magníficos artículos que cualquiera puede leer y disfrutar si lo desea en www.elmundo.com.
 
Debo decir que en aquella comida perdí el virgo de la alta restauración -lo perdí experimentando un placer extremo, lo que me ha dejado como secuela esta fruición siempre pecaminosa que experimento al hablar de comistrajos y bebercios varios- y que hubo dos platos en ella que se me quedaron marcados a fuego en la memoria: un huevo frito de corral servido en su propia sartén de fierro, sobre el que el camarero rallaba finas láminas de trufa, y otro que en mi memoria ha quedado grabado como unos arenques con frutos rojos -grosellas, creo- cuya espectacularidad mayor radicaba en aquel momento para mí en el hecho de que, al servírtelo, el camarero traía a la mesa una botella de vodka en un bol de hielo triturado y por un momento dejaba junto a las copas del vino y el agua un par de probetas, destinadas a acompañar el arenque con aquel destilado.
 
Pasaron los años. Un día, en un país muy lejano llamado Chile, me disponía a compartir mesa y mantel con un gran amigo a quien por entonces apenas conocía. Mike, tal es su nombre, había nacido en Ucrania, pero fue adoptado por una pareja canadiense y pasó su infancia en Toronto. En el momento en que transcurre este relato, hacía un par de años que había conocido a sus padres naturales y viajaba un par de veces al año a su país natal para profundizar en su relación con ellos. En la multicultural Toronto aprendió a disfrutar de todos los placeres del planeta, en Ucrania descubrió el vodka de su tierra. En aquella cena sirvió como aperitivo un plato de erizos de mar y unas sardinas en conserva y sacó del congelador para acompañarlos… Una botella de vodka.
 
Hace ya también una buena pila de años, conocí en Foligno, una pequeña ciudad de Umbría situada a pocos kilómetros de la señorial Perugia y de la mucho más mística Asís, a Yuri. Yuri era -espero que siga siéndolo- el cocinero del restaurante que la revista Vogue había abierto un par de años antes en Moscú. Un hombre excesivo, que medía más de dos metros y narraba alegremente fiestas nocturnas allá en su tierra en las caían por decenas las cajas de vinos de Borgoña y Champagne. En la cena que compartí con él, sin embargo, pese a que el dueño de un establecimiento fantástico llamado Il Baco Felice quiso invitarnos a tomar Champagne en el aperitivo, Yuri se negó en rotundo y pidió para acompañar los encurtidos que darían inicio a nuestra cena una botella de vodka. La misma que varios vinos y platos después volvió a la mesa para acompañar a petición suya un delicioso postre de chocolate amargo.   
 
Hace apenas unos días llegó a mis manos una botella de un vodka llamado Russian Standard. Por las referencias que tengo de él, es en este momento el más consumido de los vodkas de gama alta en el propio país de los zares, aunque aquí en España se encuentra por el módico precio de trece euros la botella. Hablando en plata diré que al probarlo me pareció la leche, siendo vodka. Se elabora a partir de trigo de la estepa rusa y agua del lago Ladoga, al norte de San Petersburgo. Se destila cuatro veces y se filtra otras tantas. Tenerlo en casa, en fin, me pareció la excusa perfecta para realizar un experimento sensorial que hacía tiempo que me andaba rondando la cabeza: cenar con vodka, única y exclusivamente.
 
Estas son las impresiones que obtuve de aquel experimento empírico según las anotaciones de mi libreta, en las que felizmente no han quedado reflejados los cánticos regionales que sucedieron a los postres:
 
 
Sardinillas en aceite de oliva: el sabor de las sardinillas crece en el paladar en combinación con el destilado. Las notas saladas y su concentración de sabor se abren con el vodka, que además limpia la boca y prolonga su propio aroma ligeramente especiado.
 
Filetes de arenque en conserva: Mi bonito recuerdo se hace trizas. El excesivo dulzor de la conserva choca con las sensaciones suaves y glicéricas, sí, pero muy secas del vodka. El contraste entre ambos no favorece a ninguno y echo de menos la acidez de aquellas frutas rojas que tanto mejoraban en mi memoria la combinación.
 
Lomo de atún ahumado: Anodino. Ni el sabor del atún crece, ni el vodka brilla en exceso.
 
Anchoas del Cantábrico en aceite de oliva: Espléndido. Tanto el sabor de la anchoa como su toque salino combinan a la perfección con el destilado, que crece a su vez en contacto con el pescado, se prolonga en el paladar y multiplica de forma curiosa sus propios aromas. Aparece en él un fondo de trigo y un toque delicado de anís que combinan agradablemente con la conserva. 
 
Caviar: La mejor combinación, será por eso que los rusos llevan practicándola toda la vida. El sabor profundo, ligeramente dulce en la boca aunque con delicados matices salinos del caviar, encuentra en el vodka un universo paralelo que hace que ambos se multipliquen. El caviar suaviza el paso del destilado y lo prolonga. Son tal para cual.
 
Trufa de chocolate bañada en cacao: En un primer momento, la trufa hace que el caviar ni lo notemos, pero pasado un rato, en un segundo trago, el gusto amargo del cacao que queda en la boca, al tragar el vodka, se crece ante las ligeras notas de vainilla, especias e hinojo que hay en el destilado. Su paso se hace aún más delicado en la garganta y todo encaja.
 
Mango: Los rusos tienen la costumbre de beber el vodka acompañado, que no junto, con zumos de frutas. Esto se explica al probar un mango dulce y bien maduro acompañado de un trago de vodka limpio y delicado como éste. El sabor de la fruta se refresca y el vodka se desliza suavemente hacia la garganta matizando el dulzor del mango.
 
Nota 1: todos los productos que intervinieron en esta cena pueden conseguirse –casi siempre a precios bastante módicos- en cualquier centro comercial urbano prefiero no poner marcas porque imagino que cada uno tendrá sus propias preferencias. El vodka sí lo reseño porque e parece espléndido y singular.
 
Nota 2: Como acompañamiento para todo lo mencionado dispuse blinis con mantequilla y pan ligeramente tostado, con sal, tomate untado y aceite de oliva, un pa amb tomacat de toda la vida, vamos.
 
Nota 3: Lo de los cánticos regionales es coña. Todos los placeres se disfrutan mejor con cierto grado de moderación... O no.  


 
24 de Noviembre de 2008 UN PASEO POR LA ANDALUCÍA TINTAMiguel Ángel Rincón

 
Andalucía lo tiene casi todo: playas y montañas, un pasado esplendoroso y un presente prometedor, ciudades preciosas, una legión de nuevos cocineros en ascenso y algunos de los vinos generosos más valorados del mundo. Poca gente se extrañaría al leer en este blog un artículo acerca de Jerez, de Montilla, de los dulces tradicionales y modernos de Málaga… Pero, ¿y de sus tintos?
-         ¿hay tintos en Andalucía?
-         Pues sí, y algunos de cierta enjundia, por cierto.
Resulta que sin hacer mucho ruido, casi como quien no quiere que se desvele todavía un secreto que apenas comienza a correr de boca en boca en los círculos iniciados, los andaluces se están poniendo las pilas en el viñedo y las bodegas con los tintos y los resultados comienzan a llegar al mercado.  
Bodegas de provincias como Cádiz y Granada, Almería y sobre todo Málaga, pero también de Sevilla, buscan integrarse en el mapa nacional de los tintos. Es cierto que muchos de sus vinos todavía son elaboraciones destinadas mayoritariamente a los mercados locales, pero la ambición de convertirlos en una realidad reconocida a nivel nacional está ahí, y buena muestra de ello es el apoyo que los diferentes bodegueros han recabado de Landaluz, una asociación que aglutina a 140 empresas del sector agroalimentario andaluz bajo el distintivo del sello de Calidad Certificada, para presentarlos en sociedad.
Hay algunos datos que merece la pena resaltar, por ejemplo que elaboradores de enorme prestigio nacional, como Rafael Palacios (miembro de la familia riojana Palacios, autor del primer Plácet en Rioja, y de As Sortes en Valdeorras) o Ignacio de Miguel, seguramente uno de los más reputados asesores enológicos del país, trabajan en sendas bodegas allí. El primero lo hace en la bodega almeriense Altos de Almanzora, encuadrada en la recién creada denominación de origen Tierra de las Estancias, en una zona de Almería que nada tiene que ver con el desierto y sí mucho más con una enología tecnificada en zona de montaña. Su vino, Este 2005, muestra bastantes detalles agradables, sobre todo si tenemos en cuenta que cuesta tan solo 5, 50 € la botella.
Ignacio de Miguel, por su parte, asesora a la bodega Pasos Largos, ubicada en Ronda. Allí elabora un único vino que lleva el nombre de la bodega y del que apenas se elaboran 10.000 botellas al año. Tal como afirma el propio enólogo al hablar de este vino, la zona en la que trabaja le ofrece una enorme libertad, ya que son muy escasas las iniciativas que llevan tiempo en marcha en la región. Esto hace que de momento el trabajo del enólogo se centre en buscar la identidad del terruño a partir de la prueba de diferentes fórmulas, el trabajo con distintas variedades que permitan definir el carácter del vino local. Su vino, por cierto, sale al mercado a 18 €, lo que comienza a dar la medida de la ambición con la que se pone en marcha el proyecto.
Más sorprendente aún, por los 60 € que vale cada botella, resulta el vino Taberner 1º, de la bodega Huerta de Albalá, en Arcos de la Frontera (Cádiz). Se trata de un cupage de las variedades Syrah, Merlot y Cabernet Sauvignon que cuenta con muchas virtudes, es atractivo en nariz y bastante agradable en boca, aunque en los tiempos que corren lo que más intriga es saber cómo se las ingeniarán los distribuidores para poner en el mercado un tinto gaditano de ese precio.
Mucho más ajustado, aunque aún habrá que esperar para que salga al mercado, está un vino llamado Pago El Espino, de la Bodega Cortijo Los Aguilares, en Ronda. Se trata de un cupage muy bien logrado de variedades Tempranillo, Merlot y Petit Verdot, en el que esta última variedad lleva la voz cantante y puede hacer buenos los 12 € que costará la botella en la tienda.
También vale la pena señalar que no sólo grandes enólogos, sino firmas tan importantes como González Byass, están apostando por el vino tinto andaluz. La compañía andaluza cuenta en Jerez de la Frontera con la bodega Finca Moncloa, una gran inversión de futuro que de momento se presenta en el mercado con el tinto Moncloa, que en 2005 conjuga las variedades Merlot, Syrah y Tintilla de Rota para dar lugar a un vino agradable, que seguramente tendrá una gran proyección comercial.
¿Algún otro vino destacado? Quizá, por lo sorprendente, el Flechas 2003, de la bodega F. Schatz, en Ronda. Su propietario alemán lo ha elaborado a partir de la variedad Lemberger, una absoluta desconocida en el viñedo español hasta ahora que da lugar a un vino que destaca por su originalidad.
Como ven, hay varias opciones entre las que elegir. Quizá dentro de no mucho tiempo tengamos que dedicarle más atención y detenimiento a los vinos que nos llegan del antiguo Al Andalus. ¡Ay, si Abderramán III levantara la cabeza!
 


 
20 de Octubre de 2008 Madrid Fusión en Perú Mucho GustoIgnacio Medina

 

Los certámenes culinarios brotan por el mundo como si fueran corros de setas después de un día de lluvia. Desde Lima puedo tejer un calendario –en terrenos más o menos cercanos- que llama la atención. Entre el 9 y el 12 de octubre, en Texas, pocos días después en Caracas y, casi simultáneamente, en Sao Paulo donde intervienen las estrellas consagradas de la cocina occidental –empezando por Ferrán Adriá, Juan Marí Arzak, Pedro Subijana y Martín Berasategui- y en Lima, organizado por una escuela de hostelería, con un plantel que encabeza Andoni Luís Adúriz. Un maremagnum en apenas un mes. Hay de todo: demostraciones escogidas, cenas benéficas apabullantes –la de Sao Paulo se cotiza a 3.500 dólares el cubierto-, festivales semipopulares… pero ninguna podrá presumir de haberse visto agobiada por la reventa, como ha sucedido en Perú Mucho Gusto, celebrada en Lima entre el 26 y el 28 de septiembre.

La primera edición del certamen, organizado por Apega (la Asociación Peruana de Gastronomía, formada por un buen número de restaurantes locales), ha combinado un congreso profesional con una feria popular paralela: mercado de productos artesanos, espacio reservado para una veintena de restaurantes limeños, concursos de cocina popular –cebiches, lomo saltado, coctelería, bocadillos…-, comida ambulante (aquí le dicen “de carretilla”, en referencia directa a los carromatos empleados para despacharla en la calle), catas de vinos y algunas cosas más. Antes de empezar ya se habían vendido todas las entradas para los tres días. En el mismo recinto, pero en espacios reservados para los profesionales y alumnos de escuelas de hostelería (150 y 100 dólares USA de entrada por cabeza), conferencias magistrales de Albert Adriá –presentó en Lima su nuevo libro, Natura-, Sabih Gutiérrez –impacto a un público tan numeroso que acabó ocupando parte del suelo ante el escenario-, Marcelo Tejedor –se ganó sobre todo a los cocineros jóvenes-, el venezolano Sumito, los hispano-mejicanos Mikel Alonso y Bruno Oteiza, y una buena nómina de cocineros peruanos, colombianos, argentinos y chilenos. Entre ellos Pedro Miguel Schiaffino, jefe de cocina y propietario de Malabar, en Lima, quien dio un avance de lo que prepara para Madrid fusión: caviar preparado con peces prehistóricos del Amazonas, cortes de pirañas que son la réplica perfecta de una chuleta de cordero, hierbas que combinan los aromas del orégano y el tomillo, frutas que absorben el agua y la gelatinizan en su interior, ajiés tan minúsculos como picantes… Todo un espectáculo que estoy ansioso por contemplar de nuevo en Madrid Fusión (sobre todo después de pasar una mañana entera con él en el mercado de Iquitos; un espectáculo imprescindible).

El congreso permitió además presentar el programa de Madrid Fusión 2009: el nuevo encuentro entre las cocinas americanas y las europeas, ese premio a los defensores de la biodiversidad que incluye al cocinero peruano Gastón Acurio, los debates entre cocineros que se vivirán en el escenario central, la incorporación del cine…


 
20 de Octubre de 2008 ECOCHEFSJosé Carlos Capel

 
Dos expresiones agrupan a grandes rasgos las tendencias del momento, informalidad gastronómica y conciencia ecológica. Mal que le pese a algunos nostálgicos el lujo ya no se entiende como antes. Un nuevo integrismo culinario de cuño medioambiental se extiende incipiente por los países occidentales. Crece el número de cocineros que preservan alimentos excepcionales, mientras se ponen en valor mil pequeños detalles que vinculan cocina y naturaleza. Para muchos ecochefs, el mayor anhelo es sumergir en las cazuelas parte del paisaje circundante. Por su parte, en grandes ámbitos urbanos cunde el desenfado, el ansia por compartir menús, raciones y platos. La filosofía de las tapas españolas y sus hábitos asociados incluidas las barras de lujo emergen en lugares distantes del planeta. Todos los locales de “L´Atelier de Robuchon”, la barra que Mathias Dalgren  posee en el “Gran Hotel” de Estocolmo o el restaurante “Spice Market” de Nueva York, situado en el Meatpacking District, donde Jean-Gorges Vongerichten´s prodiga los “small plates” o medias raciones, son un claro testimonio de los chispazos de desenfado que irrumpen desde la alta cocina.

Mientras el respeto por el medio ambiente se impone con fuerza en los países desarrollados, dentro de la alta cocina numerosos profesionales todavía se declaran escépticos ante los productos ecológicos. Tampoco faltan los falsos seguidores que abrazan la nueva doctrina para estar en línea con las corrientes en boga.
Para otros cocineros --  una minoría en auge -- se trata de un sincero compromiso con el planeta Tierra, actitud que comenzó a gestarse antes de la amenaza del cambio climático. En áreas geográficas dispersas, fundamentalmente Estados Unidos y Europa, crece el número de ecochefs, neologismo acuñado por el observador Philippe Regol para designar aquellos profesionales que hacen gala de cierta conciencia ecológica.

En España el fenómeno se filtra de forma silenciosa. Existen hoteles- bodega (Haciendas de España) dotados de granjas orgánicas en las que se elaboran quesos artesanos, aceites vírgenes extra y hortalizas sin aditivos de síntesis;  panaderías (Turris /Barcelona) que trabajan con trigos ecológicos y recurren a masa madre para obtener hogazas como las de antaño, y hasta bares (La Taberna del Gourmet /Alicante) que ofrecen tomates no modificados genéticamente.
Los testimonios internacionales atiborrarían una guía inabarcable. Bajo esta bandera militan  Dan Barber, en su famoso restaurante Blue Hill a las afueras de Nueva York, anexo a una granja portentosa; el italiano Alfonso Iaccarino, propietario de “Don Alfonso 1890” en la costa amalfitana y, también, muchos escandinavos, incluidos Renée Redzepii (Noma / Copenhague) recolector de  bayas silvestres, así como Rasmus Kofoed  (Geranium /Copenhague), cuyo fundamentalismo alcanza al mismísimo papel de váter.  
“La vinculación con la naturaleza nos hace excepcionales y locales”, asegura Carme Ruscalleda (Sant Pau), devota de los productos del Maresme (Barcelona). Criterio que comparte Nacho Manzano (Casa Marcial /Asturias), “Debemos abastecernos de agricultores cercanos, defenderlos y apoyarlos, sin ellos no somos nada”
Frente a los cocineros urbanos que escudriñan la originalidad en alimentos exóticos, están los que protegen a ultranza sus pequeños proveedores como Enrique Martínez del  Maher (Cintruénigo).  O Koldo Rodero (Pamplona), que junto con Floren Domezain ha recuperado el cardo rojo en la Ribera de Navarra. Otro restaurante pamplonés, “Portal de Descalzos”, del horticultor José Uranga, se suma a la tendencia incluyendo los nombres de sus proveedores en la carta.
No se queda atrás Andoni Luis Aduriz (Mugaritz) el mejor testimonio de neo naturalismo culinario, que ejerce de recolector acopiando brotes, flores y hierbas silvestres que incorpora a sus platos. O Josean Martínez Alija (Guggenheim /Bilbao), obsesionado con materias primas excepcionales. “Detrás de los grandes productos -- afirma -- siempre hay historias fascinantes”.
Tampoco es menos relevante el quehacer de Fernando del Cerro (Casa José /Aranjuez), empeñado en revitalizar la huerta del Picotajo, una de las primeras del Renacimiento en Europa, trazada en las riberas del Tajo a mediados del XVI, donde se producen alcachofas, espárragos y guisantes, además de fresas y crucíferas.
Ni desmerece la actitud de Rodrigo de la Calle, también en Aranjuez, que potencia la gastrobotánica, o gastronomía asociada a delicadezas del reino vegetal  --caviar cítrico (“autralian finger lime”); hierbas de hielo; anémonas y algas de tierra y otros brotes del desierto--, trabajo en el que el biólogo Santiago Orts, gerente de Viveros del Huerto del Cura (Elche /Alicante), actúa como su aliado.
Pero sin duda, uno de los ejercicios de naturalismo más meritorios de Europa es el que realiza Oriol Rovira en “Els Casals” en Sagàs-Bergueda (Barcelona) hotelito rural  rodeado de huertas donde no sólo cultiva hortalizas con técnicas afines a la agricultura ecológica, sino que cría gallinas, cerdos y pulardas.
 
Texto publicado en El País el 18 de Octubre de 2008


 
09 de Octubre de 2008 Turó d’en Mota: ha nacido una estrella del cavaMiguel Ángel Rincón

 
Se aproximan las fechas que, querámoslo o no, representan el momento álgido de la industria del Cava en nuestro país. La campaña navideña está a las puertas y el Cava se pone las pilas y lo hace desde diversos frentes, el institucional y el privado.
 
En el plano de lo privado, asistí ayer mismo a la presentación en sociedad de un vino que dará mucho que hablar. Josep Roca, uno de de los maestros de ceremonias en ese acto dijo, ni más ni menos, que se trata del primer Cava grand cru que se elabora en España, para que se hagan una idea.
 
Pero vayamos por partes: la familia Mata, propietaria de la firma de cavas Recaredo, lleva tres generaciones elaborando espumosos en el Penedés desde una filosofía radicalmente esencialista. ¿A qué me refiero con ese término, esencialista? Al hecho de que, entre otras cosas, sólo elaboran cavas brut nature, aquellos que por no llevar adición alguna de azúcares en el licor de expedición preservan mejor la identidad de la uva.
 
Si a ello le sumamos que todo su proceso de elaboración del vino es artesanal: los removidos se hacen manualmente –hay fotos de los niños de la familia participando en el proceso-; el degüelle lo realizan especialistas, a mano y sin congelar la boca de la botella; los vinos de tirada reducida proceden en cada caso de un viñedo singular y todos los espumosos de la casa son de añada, comprenderemos mejor por qué el hecho de que Ton Mata, el actual director general de la bodega, presentase en el Omm de Barcelona un cava que es la suma de todos los saberes acumulados por la familia, constituía un evento de primer orden.
 
Turó d’en Mota, el cava en cuestión, es un vino de la añada 1999, que se ha criado durante más de cien meses en rima antes de salir al mercado. Es un vino de finca, la que lleva su mismo nombre en el Alt Penedés y fue plantada en 1940 con cepas de la variedad Xarel.lo. Es un vino único, excepcional, con una personalidad poderosa y una tirada muy limitada, de poco menos de tres mil botellas, pero que tiene garantizada su continuidad en el futuro como el más selecto, cuidado y exclusivo de los cavas de Recaredo. Las nueve añadas del futuro ya elaboradas duermen a estas horas en las oscuras cavas de la bodega esperando su salida al mercado en los años sucesivos.
 
Después de todo lo expuesto, qué decir del propio cava. Pues que presenta a la vista un color dorado de excepcional belleza, con un rosario de burbuja fina y delicada que denota su meticulosa crianza. Es un espumoso maduro, intenso en nariz, que permite apreciar la mineralidad del suelo calcáreo donde crecieron sus uvas junto a una llamativa personalidad yodada y salina. Tiene fruta madura de hueso en nariz, notas tostadas muy elegantes, un fondo de crema pastelera, de toffe, de anisados y especias dulces y todo ello junto a una presencia elegantísima de las notas que denotan su dilatado proceso de autólisis.
 
En la boca, hay que decir que en un primer momento se perciben quizá en exceso los recuerdos de la madera en la que el vino permaneció durante un mes para adquirir estructura y cuerpo en el origen de su elaboración. Sobre eso, es un vino perfectamente armado, con una acidez justa, una burbuja cremosa y delicada y gran abundancia de aromas que se proyectan hacia el retrogusto recordándonos de nuevo la madurez de un vino de larga crianza, ciertas notas anisadas y algunos apuntes balsámicos.
 
Turó d’en Mota, para aquellos que estén pensando en hacerse con una botella, se vende a un precio de 95 euros. Es elevado, desde luego, pero qué espumoso que exija una crianza mínima de cien meses, casi ocho años y medio, no costaría lo mismo. La semana que viene, Internet mediante, les contaré más cosas acerca del cava, que ha lanzado al mercado sus nuevas categorías reserva y gran reserva en una carrera que parece imparable hacia la búsqueda de la diferenciación y el reconocimiento de su calidad. Por cierto :¿es compatible esa búsqueda con el hecho de que el consejo regulador acoja vinos elaborados en regiones tan distintas de la geografía peninsular? ¿ha llegado el momento de tomarse en serio la necesidad de establecer ámbitos territoriales concretos para los distintos cavas? ¿a alguien le sigue cabiendo en la cabeza que un vino extremeño, otro navarro, otro manchego y otro del Penedés compartan denominación de origen?
 


 
26 de Septiembre de 2008 ¿CRISIS? ¿WHAT CRISIS?Miguel Ángel Rincón

 

Quiero dejar sentado antes de comenzar este post que reconozco mi culpa, ¿a quién se le ocurre salir por Barcelona la noche previa al día de la Mercé, con la intención de cenar algunas tapas de calidad y sin hacer reserva? A mí. ¿Y cuál fue el resultado? Un rotundo fracaso. Seguro que la crisis existe, pero no parece afectar a los restaurantes barceloneses en una noche tan señalada como la que antecede al día de su patrona.

Todo comenzó bajo las aguas del diluvio. La tarde se presentaba tranquila. Si no hubiera sido por una invitación para celebrar el centenario del Colmado Quílez, una tienda gourmet excelente por su oferta de vinos que ha sabido adaptarse como pocas al transcurso de los años y las modas, no me habría movido de casa. Una buena novela en las manos, algo de música tranquila, una copa de vino y la lluvia en la ventana lo habrían resumido casi todo.

Pero estaba la invitación, se suponía que sería un evento tranquilo, una cena con prensa y autoridades, al abrigo de las aguas que se derramaban desde el cielo. Había que asistir. Había que llegar hasta la Rambla de Catalunya esquina con Aragó, donde Quílez abrió sus puertas en 1908, para descubrir que bajo la lluvia los organizadores habían colocado varias carpas. Que en una de ellas un grupo de jazz luchaba por imponerse a los claxon de los coches y que poco después el propio alcalde, inasequible a las dificultades, tenía que encaramarse al escenario para recitar un discurso que imagino plagado de nostalgias, bienaventuranzas y tópicos, aunque no me quedé a escucharlo. Que había que combatir frente a cada tenderete por hacerse con un bocado de eso que se suponía que iba a ser una cena tranquila. Y que la lluvia, siempre la lluvia.

Me voy haciendo mayor, lo noto. Por eso la perspectiva de permanecer allí no me sedujo en absoluto y preferí emigrar hacia lugares más cálidos en cuanto se quedó vacía en mi mano la copa en la que me habían servido un Brut Nature de Agustí Torelló. Una vez fuera y con los jugos gástricos clamando justicia ante la decepción había que encontrar una alternativa. Llevaba varios días queriendo ir a Comerç 24, el restaurante de tapas que Carles Abellán abrió en el Born allá por 2001, así que hacia allá se encaminó la motocicleta que me llevaba, centauro postmoderno, en busca de mi cena.

Pero tampoco pudo ser. Eran las nueve y media de la noche y todo estaba reservado. ¿También la barra? Todo. Llévate una tarjeta y la próxima vez... Muchas gracias.

Qué se le iba a hacer, habría que encontrar otro lugar y en la misma línea, aunque más informal, pensé –pensamos, en realidad éramos dos, pero resulta más dramática la primera persona- que el Inopia sería una buena opción. El hambre, la lluvia y un cierto escozor en el corazón comenzaban a apoderarse de mi ánimo. Hacia allá se encaminó de nuevo la motocicleta, a ver si en el bar de tapas de Albert Adriá, cerca del Paralelo, encontraba su fin la desdicha que había comenzado al salir de casa. Más lluvia. Más semáforos. Más hambre. ¿Y todo para qué? Para llegar y contemplar como un grupo de no menos de veinte personas esperaba en la puerta a que alguno de los que disfrutaban dentro de un sitio para cenar decidieran irse a su casa.

Desolación.

Había que encontrar alguna otra alternativa. Regresar a casa con semejante fracaso sobre las espaldas tan sólo podía provocar una noche de sueños inquietos y un despertar con el mal sabor de boca que deja el rencor en la garganta en las noches aciagas. Otra opción. Está bien. Un restaurante más formal. Menos popular. Un lugar tranquilo donde esconderse de la lluvia frente a una mesa bien servida, acogidos al cálido regazo de un cocinero atento a cada una de sus pocas mesas. ¿Qué tal el Saüc, recoleto, interesante, hospitalario? Aparcamos la moto. Nos reciben con una sonrisa. ¿Tienen reserva? No. Lo sentimos mucho, pero lo tenemos todo reservado…

Aunque no me considero una persona excesivamente sensible, en ese momento casi tuve que contener las lágrimas. Tenía hambre, tenía frío y la fiesta de la Mercé me estaba haciendo la Pascua. Mi acompañante me había asegurado que si fracasábamos en el Saüc tendríamos todavía una alternativa justo al lado, un mexicano de esos en los que la cocina todavía es real y no ha sobrevenido el poder destructor de los congelados Tex Mex, pero, cómo decirlo sin caer en la melancolía: el lugar había desaparecido del mapa.

Pocos metros más allá, sin embargo, descubrimos el cartel iluminado de una trattoria italiana cuyo nombre parecía ofrecer aquello que más necesitábamos en ese momento, un hombro amigo. En I Buoni amici, tal es su nombre, nos permitieron entrar sin reserva, quién sabe si porque nuestros rostros famélicos les dieron pena o miedo. Cenamos unas almejas preparadas con ajo, perejil, vino blanco y unos tomatitos deshidratados bastante ricas. Pedimos un vino, un Brunello di Montallcino de Casanova de Neri, 2003, que resultó estar espectacular –maduro, complejo, especiado, carnoso- y una Tagliata (carne de buey a la piedra con aceite de trufa) que no fue lo que más nos gustó, aunque a esa alturas ya daba igual. Hay momentos en los que no se puede exigir más.

Habíamos cenado y sólo nos quedaba algo por hacer. Ir a tomar un gin tonic tranquilizador, siempre bajo la lluvia -¡maldito otoño!- al Dry Martini de Javier de las Muelas. Hubo suerte. Era temprano todavía y pudimos encontrar una mesa en la que sentarnos, aunque fuese frente a la puerta y la corriente nos impidiese olvidar que al otro lado continuaba haciendo frío. Cuando salimos de allí, ya había cola de gente esperando para apoderarse de nuestros asientos.

Lo que yo me pregunto, después del tiempo transcurrido desde entonces, ahora que estoy e Madrid, sentado y calentito en mi silla, con un croissant y un café recién hecho en la mesa y tras haber leído los titulares de varios periódicos que hablan de la siniestra crisis que nos acecha, no es ni siquiera dónde está esa crisis –es evidente que la tenemos sobre nuestras cabezas- sino hasta qué punto afecta a la hostelería de un determinado nivel, si es que lo hace.

Estoy deseando que algún reportero de la tele me pare en la calle y me pregunte acerca de cómo estoy viviendo la situación financiera actual para contestarle con esa famosa frase que no sé de dónde salió: ¿Crisis? ¿What crisis? Seguramente mi madre no me verá en la pantalla, porque pienso contarle de pe a pa a la cámara lo que viví en una noche de lluvia previa a la fiesta de la Mercé en Barcelona.



 
11 de Septiembre de 2008 Furtivos en el restauranteIgnacio Medina

 
Toñi Vicente (del Restaurante Sibaris, Vigo) anda a estas horas camino del juzgado, intentando explicar ante el juez los motivos que la llevan a comprar marisco a furtivos y, sobre todo, el de comprar vieiras cuando su comercialización está prohibida por razones sanitarias. No es la única en pasar por tan peculiar trasunto. Comparte sumario con otros dos restauradores de Poio (Pontevedra) y otro con dos restaurantes en Sanxenxo. No importan los nombres porque corresponden a restaurantes del montón. Con menos futuro que pasado. Me cuentan que las dichosas vieiras se venden a un euro la pieza. También se comenta que proceden de la ría de Ferrol, cerrada desde hace diez años por la elevada concentración de toxinas en sus aguas. Sólo son datos, Podía haber pasado con los percebes –aquellos que los furtivos arrancaban con trajes de buzo y martillo neumático ante la indiferencia de sus vecinos-, almejas, berberechos o cualquiera de los mariscos que se han estado vendiendo durante el verano en Galicia, a pesar de estar en plena veda ¿?de donde proceden? La mayor parte de otras aguas, pero parte de ellas llegan de manos de los furtivos.
 
El que los nombres de los mejores restauradores de Galicia aparezcan asociados al furtivismo no es precisamente bueno. Afortunadamente todo ha quedado en una cocinera que hace tiempo se pasó al bando de la vulgaridad.
 
El furtivismo está sólidamente instalado entre los gallegos. Parece que no hay manera de acabar con ello. Hay una: dejar de comprarles. El día que los restaurantes dejen de tratar con los furtivos perderán todo el soporte que les avala. Espero que sólo sea cuestión de tiempo, porque las especies se agotan y el mar no perdona.
 
Deberían aprenderlo en otros lugares. En Valencia por ejemplo, donde hay quien sigue vendiendo dátiles cuando su pesca está absolutamente prohibida durante todo el año, o donde se vende la cigala real durante todo el año. Y en Andalucía con los inmaduros, que siguen llenando las mesas de algunas freidurías bajo el nombre de chanquete.


 
05 de Septiembre de 2008 26 vinos para enmarcarMiguel Ángel Rincón

 
Vuelvo de las vacaciones. ¡Madre mía, qué cantidad de correo, de revistas, de facturas también, claro, pero nada de aquellas entrañables postales que antes recorrían el mundo desde las tiendas de souvenirs de las plazas de los pueblos hasta los buzones urbanos. Un atardecer sobre la iglesia. Un texto breve y simpático. Un beso y nos vemos pronto.
 
Este verano, los amigos que viajaron a lugares exóticos me mandaban desde allí las fotos que acaban de hacer a través del móvil con un saludo casi en morse. Ya no hay espacio para besos, se pone xxx. Ha cambiado mucho el mundo. Ahora los papeles ilustrados son revistas, convocatorias, catálogos… Entre los que desbordaban el buzón me llamó la atención un envío de Vila Viniteca, la tienda especializada barcelonesa que regenta Quim Vila.
 
Durante el año 2007 Vila Viniteca celebró su 75 aniversario. Para festejar la ocasión su propietario se puso en contacto con veintiséis de los enólogos más reputados de España – si no los más reputados, sin más- para solicitar de ellos que elaboraran un vino único e irrepetible -“un vino diferente, con cuya sabiduría nos hicieran partícipes de una nueva melodía inédita”-, de la cosecha 2007.
 
Tales vinos, cada uno con el nombre de su elaborador, con un packaging exclusivo y de los que sólo se ha producido un máximo de 1.100 botellas, pasarán así a formar parte de una serie de 1.000 colecciones numeradas cuyos números del 11 al 810 se han puesto en venta a la avanzada en este verano que ahora nos deja. Una forma fantástica, desde luego, de celebrar la trayectoria de una empresa ejemplar por su tratamiento del vino.
 
¿Qué estaría bien decir que los he probado? Pues sí, sería genial, pero lo cierto es que ese placer quedará reservado para los afortunados coleccionistas que se hagan con las mil colecciones a la venta –insisto, a la avanzada, aún habrá que esperarlos-; cada una cuesta dos mil y pico euros, y yo he regresado de las vacaciones sin suelto, así que no me encuentro entre ellos.
 
Una pena, porque además de los vinos cada colección se completa con un par de libros que prometen ser interesantes, con la invitación a una fiesta privada que se celebrará en Barcelona en la primavera del 2009 - acogerá a los coleccionistas y los autores de los vinos- y con una invitación a La Música del Vi 2010, el evento donde se presentan bienalmente, coincidiendo con la feria Alimentaria, los vinos que importa y distribuye Vila Viniteca.
 
¡Ay, que ya siento la nostalgia de haberme perdido la fiesta! Aunque lo cierto es que tampoco en esa ocasión tan especial se catarán los 26 vinos. Nada de eso. Cada uno que pruebe el vino en su casa, que hasta en esta ocasión se extenderá el límite de la exclusividad. En la fiesta se degustarán, eso sí, otros vinos de los mismos enólogos y bodegas, pero no los de la colección.
 
Todo esto viene a cuenta de varias cosas. En primer lugar, de la sincera felicitación por el aniversario que considero merece Quim Vila, propietario de varias tiendas cuyo núcleo central sigue siendo la Vila Viniteca de la calle Agullers, en Barcelona; pero sobre todo por ser un tipo que ha sido capaz de convertirse en una de las principales mentes pensantes del vino español.
 
Gracias a él han llegado a nuestro país algunos vinos que de otro modo no habrían alcanzado nunca estas tierras, pero además ha potenciado en España, desde su tienda, una figura, la del negociant, aquel que participa en cada una de las fases del vino, desde su diseño hasta su comercialización y estrategia, que se ve poco por estos lares y ha resultado, al menos en su caso, extraordinariamente beneficiosa para el vino, con ejemplos como los Paisajes, de Miguel Ángel de Gregorio, o los vinos de Viña al lado de la Casa, de Bodegas Castaño.
 
Vila Viniteca es una tienda, un club, una empresa de distribución y hasta una parte del tejido auricular del corazón de la cultura del vino en España –si miramos el corazón de abajo arriba de su aurícula derecha, que sería el Noreste. Es un montón de cosas, pero es también un auténtico think tank del vino de calidad. Una empresa que piensa hoy en el vino de mañana con todo lo que eso conlleva a la hora de trabajar codo con codo con distintos elaboradores, en diferentes zonas vinícolas, partiendo de ideas originales-¡ideas!- en un mundo de rutinas torrenciales.
 
¿Qué quieren más datos sobre la colección?: www.vilaviniteca.es. No olviden llamarme para probar alguno de esos vinos si deciden hacerse con ella. Y una vez más, a tiro pasado, felicidades.


 
07 de Julio de 2008 Amanece en el Ribeiro, que no es pocoMiguel Ángel Rincón

 
 

Pensaba Alfonso X que pocos placeres resultaban tan satisfactorios como disfrutar de un “bon viño d’Ourense”. Hoy en día, después de muchos años de deriva hacia la mediocridad, por fin parece que aquellas palabras comienzan a ser ciertas de nuevo y amanece una vez más en el Ribeiro de la mano de quienes como el cineasta-bodeguero José Luis Cuerda redescubren la belleza de esta comarca y el atractivo de sus vinos.

La historia del Ribeiro tiene muchos capítulos, pero para esta ocasión recuperaré tan sólo uno especialmente curioso del que tuve noticia allí: resulta que, según me contaron amigos y viticultores del Ribeiro que saben mucho de esto, los ingleses, que nunca han sido tontos a la hora de elegir zonas vinícolas desde las que importar vinos, pusieron sus ojos en el Ribeiro hace un par de siglos, cuando empezaron a tener problemas para la compra de vinos de Burdeos por sus guerras con Napoleón.

Aquel interés, sin embargo, no encontró correspondencia entre los lugareños gallegos. Por razones profundamente religiosas, el obispo de Tuy prohibió en aquellos días a los colleiteiros orensanos entrar en tratos con los comerciantes de la “pérfida Albión” debido a que los herejes anglicanos podían contaminar su fe, francamente amenazada por otro lado por la abundancia de descendientes de judíos conversos dispuestos a comerciar con el vino de la región como si esa actividad fuese algo inocente.

Así, los británicos se vieron forzados a irse a enriquecer con sus monedas y contaminar con sus creencias falsas y heterodoxas a los elaboradores de Oporto -¡pobriños!- que han recibido desde entonces toneladas de dinero por su vino, sí, pero acompañadas por montones de influencias dañinas, mientras la pobreza cristianamente sobrellevada y la consiguiente emigración diezmaban los pueblos del interior de Galicia sin alterar sus sanas costumbres católicas.

Anécdotas aparte, ya en la segunda mitad del siglo XX los productores del Ribeiro descubrieron lo mucho que aumentaba sus producciones el empleo de una variedad de uva, la Palomino, que en apenas unos años desplazó como una plaga a variedades autóctonas como la Treixadura, la Godello o la Albariño, que llevaban cientos de años confiriendo al vino de Ribeiro esa rara combinación de delicadeza y frescura que lo hacía grande y lo situaba entre los más conocidos –todavía hoy lo es- y apreciados –esto ya no tanto- por el consumidor español.

Esa mala elección desde el punto de vista de la calidad –buena, sin embargo, en cuanto a la cantidad, ¡qué más da si el vino es malo, si vendemos las botellas como churros!- ha lastrado la imagen del Ribeiro durante estas últimas décadas en las que el resto de las regiones vinícolas españolas se esforzaban por adaptarse a una nueva cultura del vino basada en la calidad.

Así pudo nacer y consolidarse la vecina Rías Baixas –al principio una mera anécdota- apoyada en su Albariño y se quedó en poco tiempo con la parte el león de los blancos gallegos. Y así, más recientemente, se ha comenzado a proyectar Valdeorras hacia los mercados por medio de las elaboraciones de algunos grandes enólogos que han sabido aprovechar la Godello para producir vinos capaces de plantear una batalla interesante a los propios Rías Baixas dentro del contexto vitivinícola nacional.

¿Y qué hacía el Ribeiro mientras tanto?

Curiosamente, la región vinícola que contaba con mayor prestigio histórico de Galicia, la que tiene a la Albariño, a la Godello y también a otras como Treixadura, Torrontés y Loureira entre sus variedades blancas autóctonas, parecía haberse dormido en un profundo sueño de autocomplacencia solipsista del que por fin empieza a despertar. Cierto que algunos elaboradores como Emilio Rojo o Javier Alén habían comenzado ya hace algún tiempo a marcar la pauta de los nuevos tiempos, pero no ha sido hasta una visita muy reciente, la semana pasada, a tierras del Ribeiro, cuando he podido comprobar yo mismo hasta qué punto las cosas están cambiando para bien en toda la comarca.

Una de las protagonistas indiscutibles de este renacer que está experimentando el Ribeiro es la variedad Treixadura, capaz de protagonizar vinos frescos, de aromas frutales y florales tan delicados como agradables, vinos que combinan una delicada vivacidad frutal con una sensualidad francamente atractiva y cuyos viñedos, algunos de ellos hoy recuperados, fueron en su día arrancados con saña de las laderas para plantar en su lugar a la desubicada Palomino, tan grande en Jerez, tan perdida en esta región marcada por la confluencia de los ríos Miño, Avia y Arnoia, a un tiro de piedra de Portugal. La Palomino continúa siendo, todavía hoy, mayoritaria en el viñedo de Ribeiro, pero la calidad de otras como la Treixadura le come terreno día tras día.

La idiosincrasia de esta región vitivinícola, si embargo, no se caracteriza por la elaboración de monovarietales. Por eso, aunque cada vez abundan más los de Treixadura, debido a que cada vez son mayores los cuidados que se aplican al viñedo y por ello cada vez son mejores los resultados que se obtienen de esta variedad, entre otras, los ribeiros más característicos son los que nacen como fruto del cupage de las uvas de los distintos cepajes autorizados.

Son muchas las bodegas que están haciendo actualmente en el Ribeiro vinos dignos de ser tenidos en cuenta. La región despierta y lo hace a través de sus blancos, por mucho que la gran mayoría de sus elaboradores parezcan especialmente –y casi siempre incomprensiblemente- prendados de los tintos que consiguen a partir de variedades como Mencía, Sousón o Caíño.

Hoy en día están registradas en el Ribeiro 115 bodegas, 85 de las cuales son pequeñas explotaciones de colleiteiro, que sólo pueden elaborar vino a partir de sus propias uvas y tienen un límite de producción de 60.000 litros. Entre sus vinos se producen un buen puñado de blancos de calidad, aunque sólo os daré como indicación en este post los nombres de aquellos que me parecieron más interesantes en la cata del evento llamado Proba de Ribeiro, que tuvo lugar a finales del pasado mes de junio: fueron cuarenta los vinos presentados en la cata oficial del evento, que tuvo lugar en las instalaciones del bellísimo Monasterio de San Clodio. Los que más me gustaron entre ellos están en esta lista:

 

  • Cunqueiro III Milenium, de Bodegas Cunqueiro, criado tres meses sobre lías.
  • Casal de Armán 2007 (90% Treixadura, 5% Albariño y 5% Godello).
  • Beade Primacía 2007, una joyita de S.A.T. Portela protagonizado en un 95% por Treixadura, con un 5% de Loureira y Albariño.
  • Viña Mein 2007, el joven, con el sello de Javier Alén.
  • Colección Costeira Albariño 2007, un Albariño distinto, original y delicado, de la Cooperativa Vitivinícola del Ribeiro, el gigante de la zona.
  • Agás do Tempo 2007, de la bodega Herederos de Jesús Freijido, elaborado por uno de los enólogos más talentosos de la región.
  • Lagar do Merens Barrica 2007, uno de los escasos vinos con crianza en roble de la zona en los que me pareció que la madera aportaba cosas al vino sin restarle frescura, vivacidad y delicadeza.

 

Hubo muchos otros vinos en esa cata, bastantes de ellos sorprendentes y elaborados con mucho mimo, para gustar a un consumidor que bebe en copa de cristal y abomina de esas maladadas tazas blancas que tanto daño le han hecho al Ribeiro. Son vinos fruto de un tiempo nuevo, de un amanecer que no tiene nada de surrealista sino que, al contrario de lo que ocurre en la obra maestra de José Luis Cuerda –nunca olvidaré que lo conocí en una mañana clara, en su preciosa bodega Produccións Amodiño- se apoyan en una realidad brillantemente recuperada.

Una última nota para forofos del enoturismo: Pocas regiones como ésta son capaces de aunar la belleza exuberante de un paisaje vitivinícola de valles y montañas tan verdes, de pueblos de granito inalterados y rincones donde el tiempo, de verdad, parece haberse olvidado de pasar. Su gastronomía, basada en el producto, no es buena, sino de escándalo. Allí probé el que posiblemente ha sido hasta ahora el mejor pulpo de mi vida, y lo preparaba una señora, una pulpeira, a pie de calle. Y todo ello a unos precios por momentos irrisorios y con una oferta de balnearios y hoteles con tratamientos termales tan amplia y asequible como popularmente desconocida.  ¡Hay que ir al Ribeiro!